Presentación

"El trabajo no debe ser vendido como mercancía, debe ser ofrecido como un regalo a la comunidad"

Ernesto Che Guevara



Por el derecho que tienen los pueblos a saber su propia historia. Por el derecho a conocer sus tradiciones y cosmovisión indígena. Por el derecho a conocer la leyes que los amparan. Por el derecho a socializar el conocimiento liberándolo de la propiedad privada, del autor individual, la editorial, la fundación, la empresa, el mercado y cualquier otro tipo de apropiador que ponga precio a lo que es patrimonio de la humanidad.

Siguiendo el ejemplo de la cultura del regalo que practican los pueblos originarios de todas las latitudes y en la conciencia de que el otro, es también mi hermano: “sangre de mi sangre y huesos de mis huesos”, concepto que los indígenas de Venezuela resumen con el término pariente, he desarrollado esta página, con la idea de compartir estos saberes, fruto de años de investigación en el campo antropológico, para que puedas hacer libre uso de un conjunto de textos, muchos de los cuales derivaron del conocimiento colectivo de otros tantos autores, cuya fuente ha alimentado mi experiencia humana y espiritual.

A mis maestros quienes también dedicaron su vida a la investigación en este campo, apostando de antemano, que por este camino jamás se harían ricos, a los indígenas que me mostraron sus visiones del mundo, a los talladores, ceramistas, cesteros, tejedores, indígenas y campesinos que me hablaron de su oficio.

A Roberto y a Emilio quienes murieron en la selva acompañándome en aventuras de conocimiento, a mis colegas de los equipos comunitarios de Catia TVe, a los colegas de los museos en los que he trabajado, a mis compas de la Escuela de la Percepción, a mis amigas que me han apoyado y a los que me han adversado, mi mayor gratitud.

Lelia Delgado
Centro de Estudios de Estética Indígena
Leliadelgado07@gmail.com

sábado, 9 de abril de 2011

Manifestaciones Rupestres

A la memoria de Roberto Colantoni

Consciente de la importancia de todo nuevo yacimiento arqueológico, emprendí a mediados de los años 80, junto a Roberto Colantoni una de las aventuras más fascinantes de mi vida. Cómo decir la profunda sorpresa y euforia que nos producía cada descubrimiento de lo que para nuestro "equipo" y amigos cercanos, constituyó, por mucho tiempo, un secreto compartido. A esto se unió la desmesurada magnificencia del paisaje del Apure, que hacía benigno el tortuoso acarreo de equipos fotográficos y materiales de trabajo arqueológico, por entre escarpados territorios rocosos cuando el clima se hacía perfectamente inhumano.

La pasión, tenacidad y un ojo estético, poco común, permitieron el registro fotográfico de cientos de diseños pintados sobre paredes y abrigos rocosos. Roberto amaba estos parajes en apariencia desolados. Por esto nos dejó esa mirada suya tan particular que  pareciera detener la fijeza de un instante.

Por las noches, en los viajes en que lo acompañé, cuando regresábamos al campamento con las botas llenas de tierra, solíamos recorrer con la memoria, centímetro a centímetro estas imágenes, tratando obstinadamente de reconocer en ellas cualquier rastro de la vida de los pueblos que habitaron cada lugar, cada sitio visitado.

Muchas de las fotografías que observamos están llenas de anécdotas conmovedoras. Ellas son un rico testimonio sobre las formas iniciales de la vida estética en Venezuela y forman parte de un patrimonio común que comienza a ser valorizado





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