“Jokojiarotu”, el Señor del Sol, tomó su machete, y de un tronco
talló el cuerpo de una mujer que resultó sumamente hermosa.
Era tan bonita que al verla Jokojiarotu quedó enamorado.
Pero no pudo casarse con ella porque era una mujer de palo.
Entonces llamó a al pájaro carpintero, que comenzó a dar
picotazos en la madera; al llegar a cierto sitio brotó un chorro de
sangre. Entonces el Señor del Sol se casó con ella y desde
entonces siempre hubo dia y noche.
Mito Warao
Por: Lelia Delgado
Del libro: Artesanía Viva
La difícil sobrevivencia de la madera en climas tropicales no permitió que se conserva un legado de objetos arqueológicos, sin embargo, las crónicas de los primeros viajeros que visitaron estos territorios señalan que las maderas fueron ampliamente utilizadas en la construcción de casas y la fabricación de herramientas y utensilios destinados a la agricultura, artesanía y navegación, lo que debió implicar una amplia observación de las peculiaridades de los árboles, así como de los procesos de corte y secado, determinados por el misterioso paso de crecientes y menguantes lunares.
Al igual que en otros oficios artesanales, al sustrato indígena se sumaron los nuevos conceptos y prácticas de la religión católica: De esta manera y bajo disposiciones obispales, repuntó el trabajo artesanal de orfebres, ebanistas, pintores, escultores, doradores y talladores de retablos de los templos que se fueron erigiendo, pues era requisito indispensable que cada iglesia contara con la imagen de su patrono, y ornamentos litúrgicos hechos al menos en plata.
De esta forma, sencillos aprendices de carpinteros y talladores mestizos, poco a poco se introdujeron en el oficio de las tallas y retablos, dejando signos materiales de su religiosidad en imágenes que poseen características propias, como se observa en cristos, vírgenes, nacimientos y otras tallas de carácter popular, que en los “santos de botella”, rústicos oratorios en cuyo interior tallaron y pintaron imágenes religiosas, adquieren su mayor representación.
A estos primeros imagineros les han seguido talladores populares de la importancia de Agustín Montilla o Juan Félix Sánchez, auténticos herederos de un linaje que se inicia en l época colonial. Sus santos, aunque ajenos a los cánones estéticos que hicieran posible su entrada y permanencia en altares de iglesias, continúan dejando viva la huella de su fe.
Actualmente, en casi todo el país y particularmente en los pueblos de los Andes, Lara y Falcón, así como a todo lo ancho de la costa oriental, los artesanos de la madera han debido satisfacer necesidades elementales creando, con las herramientas más básicas, un mobiliario doméstico en el que se encuentran sillas de paleta, baúles, taburetes, mesas, camas, alacenas, repisas y roperos. A la orilla del camino, bajo el tórrido cielo falconiano y larense, en las inmediaciones de Moruy y Santa Ana, con el cerro por único fondo, encontramos rústicos carpinteros como Enrique Cemeco, Antonio Alvarez y sus hijos, Armando Martín, Purificación Noguera (Puro) y José de la Paz Silva (Pajita), haciendo sillas mecedoras y taburetes con el blanco corazón del cardón (Cereus definiens Otto & Diert). En las cercanías de Quíbor sobre antiguos lechos de quebradas agrietadas por la sequía, entre Guadalupe y Carora en el estado Lara, hemos visto salir de las manos ásperas y diestras de sus artesanos, que tallan a “punta de machete”, las más sutiles flores, cajas, vasos, fuentes, peines, cucharas de variados tamaños, así como extraordinarios frutos y animales, que más bien son pequeñas esculturas, cuyo fino acabado es el producto de interminables faenas de lijado, sellado y pulido manual, en el que se resalta la verde veta de la vera (Bulnesia arbóreaJack), el negro del “quebracho”, el amarillo del “miguelito”, el naranja del cartán (Centrolobium paraense Tul), el rojo de la “sierra de iguana” o el morado del “nazareno” ( Casearia mariquitensis H.B.K) y otros tantos nombres que recuerdan antiguas toponimias.
Se precisa mucha paciencia, pulso e imaginación para convertir la sencilla humildad del fruto del “taparo” (Crescencia cujete), en recipiente, utensilio o escultura. Materia vegetal, bellamente transformada en las manos del virtuoso Pedro Reyes Millán, quién conoce como nadie los secretos que encierra este material bondadoso por la facilidad de su cultivo, bajo costo y multiplicidad de las formas que en su casa-taller en Barinas talla, dibuja, cala, graba con tal destreza que él mismo siente hacerse uno con el misterio que anima la vida y movimiento de este fruto.
En los poblados indígenas del sur de Venezuela se usa una inmensa variedad de maderas duras y blandas en la fabricación de objetos necesarios para la sobrevivencia, entre otros, cerbatanas, arcos, flechas, dardos y carcaxes. Algunas comunidades se distinguen por el tipo y calidad de sus objetos, tal es el caso de los Ye´kuana, pueblo de navegantes y constructores de curiaras, quienes también realizan tablas de rallar yuca, bancos, armas sagradas, y bastones sonajeros que en el pasado distinguían el rango de su portador, marcando con ellos el paso de las danzas. Hoy en día se fabrican con fines comerciales. Con el mismo propósito, los Warao del Delta del Orinoco tallan con la madera blanda del sangrito la rica fauna de su laberinto de caños y ríos, en cuyos poblados todavía se conservan muchas de sus prácticas y creencias ancestrales.
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